Camino Real de Arona a Vilaflor (o de San Antonio)

“El pastor, por el contrario, marcha de un modo sosegado y tranquilo, recorre su mundo sin prisas, inventa los caminos, a los que guardará una ruda fidelidad, descubre las fuentes, a las que volverá siempre, y el sorprendente ciclo de las estaciones, a las que acomodará sus movimientos”. Luis Diego Cuscoy. 1968.

Una naturaleza volcánica, la ausencia de suelos fértiles y un clima de escasas lluvias con muchas horas de sol, modelaban el paisaje árido y duro de las tierras del suroeste de Tenerife. En estas condiciones naturales se desarrolló la vida de sus pobladores y, para resolver sus necesidades básicas, desde los tiempos de los pastores aborígenes se fue creando una densa red de rutas y caminos, que fueran ampliados y empedrados en épocas de la post conquista y asfaltados en los tiempos de la modernidad.

Testigos de piedra.

El Camino Real de Arona a Vilaflor (o de San Antonio), del que conservamos con cierta naturalidad este tramo, nos permite seguir las huellas de numerosos testigos, materiales e inmateriales, de una amplia y variada tradición cultural.
Espinas de pescado en la medianía, recuerdos de las marchantas (vendedoras) y barqueras que subían a cambiar los productos de la costa y sus charcos, por otros agrícolas. Cabreros que transitaban estas vías patroneando sus rebaños según mandara la estación: en verano a buscar pastos a la cumbre y en invierno a protegerse del frío a la costa. Huellas de burros y camellos, con los que poder bajar de las cumbres la pinocha y el tagasaste, cama y alimento respectivamente para el ganado. Ermitas, iglesias, clavarios y cruces en los caminos dan fe de un viejo sentir religioso muy ligado a la memoria colectiva de hombres y mujeres del sur.